A veces me pregunto si estoy bien o si estoy equivocado, pero sólo parezco llegar a la certeza de que está bien estar equivocado a veces. No me puedo quejar de que no sé cuáles son las cosas que están bien, no necesito que nadie me diga qué hacer, yo las sé muy bien. Podríamos, sí, discutir los criterios bajo el cual las postulo como tales, pero no es el punto. No soy tan testarudo, creo poder lo suficientemente maduro como para hacerme cargo de lo que tengo que hacer y hacerlo, o no hacerlo. He ahí la cuestión. Últimamente he pensado mucho al respecto, hay algo que no parezco poder controlar que tiende a ir hacía el polo que no es correcto, a lo otro, a lo indebido del pasado; aún cuando el radiante brillo del presente y del futuro que se avecina a la vuelta de la esquina destelle en su máximo fulgor. Está ahí, me está llamando. Quiero ir, necesito ir. Pero también quiero dejarlo ir, soltarle la mano. Entonces es que no sé qué carajo quiero. No quiero dejar nada, quiero sostener la tensión, como siempre. Pero si no quiero dejar de hacer una cosa por la otra, tampoco puedo decir que la quiero. Qué hacer? Cómo hacer? Cómo sepultar un nacimiento? Con una muerte, díria alguien tan dramático como yo. Pero no quiero tener que llegar a tal extremo, me rehuso a creer que no exista otra salida, si después de todo es sólo un sentimiento. Un sentimiento que me dio todo lo que tengo y que ahora se está devolviendo el favor, prohibiéndome querer más. Un pacto con el diablo, el arte de vivir. Una esquizofreneizante paradoja de la única verdad.
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