Abro el word y me da miedo. La hoja en blanco me aterra. Parece nunca acabar, es insaciable. Nada de lo que haga parece estar bien para ella, siempre pide más. Y yo siempre intento darle más. Intento escribir unas primeras frases, pero las borro automáticamente porque sé que no son dignas. Son una paparruchada, es lo mismo de siempre pero con otras palabras. O ni siquiera son otras, a lo mejor es lo mismo de la misma forma que vuelve a aparecer compulsivamente, tratando de encajar a la perfección, una vez más. Todo vuelve. “No puedo” es lo primero que pienso, pero si puedo. He mejorado y mejoraré, suena lógico. Pero, ¿cómo? ¿Cómo hago para ser como esos grandes? Porque ellos sí que se lucen, son brillantes cuerpos celestes en el firmamento infinito de todo lo que alguna vez me hubiese gustado ser. El final de ese sueño que se repite una y otra vez en una mala semana pero que, siempre en el mismo lugar, termina antes de poder tomar su punto cúlmine. Ese momento en el que te das cuenta que estás despertando pero al cual tratas con todas tus fuerzas de aferrarte y no dejar ir, al punto de haber ya despertado pero tratar de mantener esa imagen en la mente con el afán de que pueda volver a cobrar vida y seguir su curso hasta poder entender. Es todo un tema, ese. Poder entender, hay tanto que entender y tan poco tiempo. Tan pocas ganas y tanto camino tan escurridiso. Y no es para menos, de no ser así, a nadie le importaría un comino. Se hace desear, se regodea en el éxtasis de la conquista de su fruto y se masturba como la tentación de la promesa del sentimiento de gloria y ambición que todos llevamos dentro. ¿Cómo lo logro? De nuevo, ¿cómo lo hacen? ¿Qué hacen que yo no pueda? Si, al fin y al cabo, como me dije ese día en el que prometí de dejar de tener miedo -“todos son tan pelotudos como uno. ¿Cómo le vas a tener miedo a un pelotudo?”. Para, un segundo: –“Lo estoy haciendo”, me doy cuenta. Me da miedo pensarlo porque tengo miedo de quemarlo. Y ni hablar de pensarlo o escribirlo, pero ¿otra vez voy a tener miedo? Re caliente tener miedo, ¿por qué tengo miedo? ¿Por qué me tengo miedo a mi mismo? ¿Por todas las cosas que estoy seguro de que puedo llegar a lograr? ¿Por todos los posibles fracasos que podrían ayudarme a hacerme crecer? Supongo que todos le tenemos miedo a ser feliz, de alguna manera. Es que no todos estamos preparados para eso. Yo no sé si ya he alcanzado esa meta, pero que estoy caminando ese sendero, es seguro. Lo he pensado mucho y creo que, realmente, es así. O tal vez, no. Ahora que lo pienso, si lo he pensado, puede que no sea así. Pensar es mi ataúd, mis alas y mis cadenas. Ya hace tiempo que lucho contra ello, ahora estoy terminando por darle unos últimos detalles a la raíz del núcleo de ese ovillo de lana histórico que lleva mi nombre. Puede que esa sea la respuesta, una vez más. No buscar la respuesta, dejar que ella venga hacia mi. Ser paciente y relajarme. Cerrar los ojos y disfrutar, respirar profundo y sentir. Dejar que el aire llene mis pulmones y no preocuparme por cuándo voy a volver a parpadear. Dejar todo fluir, he ahí. ¿Por qué siempre todos los caminos llevan a Roma? Necesito ir a Milan, ya conozco Roma. Yo construí Roma, ahora quiero conocer más allá. Seguir empujándome y tocar cada vez más alto en el cielo. Todos me dicen que yo puedo y lo merezco, ¿por qué no hacerles caso? “La gente es sabia, Susana”, diría Mamá Cora. Debería escucharme más y no ser tan testarudo. Empezar a familiarizarme más con este nuevo yo que ahora soy. Darle más vida, una existencia más firme y duradera. Después de todo, ha pagado el precio y se ha ganado el piso muy dignamente. Me quedo pensando, es verdad. Todo lo que digo es verdad. Contemplo esta revelación epifánica, estas Indias a las que llego mi carabela, cuando me doy cuenta que llevo una carilla escrita. Es loco, ¿no? No puedo presionarlo, nada de lo que se fuerza está destinado a ser. Esa es la maldición de mi pasado: “nada de lo que se fuerza está destinado a mantenerse en pie”, me digo ahora de nuevo y lo repito como lo hacía el Principito con tal de memorizarlo. Una última vez, vuelvo a llegar a ese punto de encuentro, esa (ahora) masa de tierra firme que me sirve como anclaje para rediseñar mi ser y mi no ser, pudiendo intentar vislumbrar otro día más como llevar la nueva carga a destino. Y, ¿quién sabe? Tal vez aprenda algo, así como ahora estoy aprendiendo a dejar de buscar vislumbrarme.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Tren de aterrizaje
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario