Era un niño, un chico que
jugaba a hacerme cosquillas. Pero él no era el único que la pasaba bien ahí, yo
también me divertía. Yo también jugaba, jugaba a dejarme a hacer cosquillas.
Siempre digo que a quien no le gusta que le hagan es porque no puede tolerar no
estar en control sobre el brote intolerable que provocan las cosquillas, así
que para no ser uno más me dejé llevar y lo dejé dirigir. Le otorgué las
riendas de mi cuerpo.
Él sabía que yo era muy
vulnerable al tormento al que me estaba sometiendo, pero me cuidaba. Me probaba
poco a poco, trataba de descubrir cuál era mi límite. Veía hasta dónde podía
llegar, hasta donde yo era capaz de resistir. Cuando no estoy en confianza con
alguien suelo ser alguien con una piel muy sensible, al mínimo roce desprevenido suelo
estremecerme por completo. Como si tuviera que
acostumbrarme a la caricia de esa persona, darle la bienvenida y aceptarla. Así
que muy despacito él recorría mi cuerpo con sus manos y observaba mis
reacciones. Se regodeaba cada vez que yo me sobresaltaba. Le encantaba. A
ambos, en realidad.
Empezaba desde mis
pantorrillas y terminaba en mi cuello y mi nuca. Subía por mis piernas, mi
cola, iba y venía por cada borde de mi cintura y espalda, sin dejar un rincón
sin recorrer. Primero, me rozaba con sus manos, como preparándonos. Las
calentaba, las ponía a apenas unos centímetros e intentaba pasear de un lado a
otro tratando de no tocarme, solo dándome pequeños escalofríos. Y cuando sentía
que ya estaba listo terminaba por apoyarlas completamente. En realidad, a veces
ni lo necesitaba, tan solo alcanzaba con la yema de un dedo para hacerme
revolcarme de placer. Se sentía como el trazo de una hoja sobre mi piel cortándome.
Dolía pero me gustaba.
Su ritmo era calmo y
constante, solo interrumpido por mi cuando ya no podía aguantar más. Intentaba
contenerme lo más que pudiera pero lo hacía tan suavemente que no podía sino
ceder y entregarme a la locura de su tacto. Jamás me habían hecho sentir tanto
con tan poco. Me tenía donde quería y sabía que yo me prestaba, pero no me
importaba. Dejé que se saliera con la suya y me permití ponerme en esa posición
que tanto me cuesta alcanzar. En ese momento no lo pensé, no podía pensar. Solo
quería que siguiera, me estaba excitando muchísimo, claramente sabía lo que
hacía.
Habría que ver si yo hubiera
podido hacer lo mismo. De acuerdo con él, no tenía cosquillas. Al menos no las
tenía ese día porque era lunes y él solo podía tener cosquillas los miércoles.
Así que tuve que esperar y esperar dos largos días para poder tomarlo por
sorpresa del pie y comprobar su teoría, porque antes de eso no hubiera tenido
efecto alguno. Se conmocionó mucho cuando lo hice, no se lo esperaba. Tal vez
ya había comenzado a creer que por ser inmune el resto de la semana no sentiría
nunca más nada, que aquella fragilidad había abandonado su cuerpo. Pero le
demostré lo contrario, le hice ver que, aunque en sus manos radicara un poder
divino, todavía era un mortal. Lo cual no lo privaba de ser alguien tan
especial, ya que en ese preciso momento, acostados en su cama a oscuras,
cómodamente apretados y sin ropa, yo no quería hacer otra cosa que abrazarlo
bien bien fuerte y besarlo toda la noche.